No sé si fue una broma o si tuve la mala suerte de tropezarme con una mala pécora loca de remate... Ya no me acuerdo de ella, ni siquiera recuerdo su rostro. (El fin del Homo Sovieticus, fragmento de El Encanto del vacío, pág. 607.)
En algunos rincones del mundo
aún ondea la bandera roja con la hoz y el martillo como insignia. La Unión Soviética
se desintegró pero todavía su legado, historia y tragedia recorren los ríos de
la memoria humana. Las memorias sobre la ex Unión Soviética que hoy en día
sobreviven están más ligas a los grandes logros alcanzados por este colectivo
de repúblicas que a los detalles de la vida siendo soviético. Svetlana Aleksiévich
registra con imparcial maestría estos detalles de la vida soviética (antes y
después de la Unión Soviética) en su libro El fin del Homo Sovieticus.
Svetlana Aleksiévich, de padre
bieloruso, nació en Ucrania en 1948. Su acercamiento con la literatura comienza
muy temprano escribiendo poesía y artículos para un diario escolar. Más tarde, Svetlana
estudiaría periodismo en la Universidad de Minsk; y trabajará como profesora de
escuela, siguiendo la tradición familiar. Ella ha recibido numerosos premios,
incluyendo el Premio Nobel de literatura de 2015, premio de la paz de los
libreros alemanes, premio al libro del año por la revista de literature Lire por su libro Tiempo de segunda mano
en 2013, entre otras distinciones.
El fin del homo sovieticus,
publicado en español por primera vez en 2015, cuenta las historias de gente
común: estudiantes, campesinos, maestros, oficiales, etc. viviendo la era
soviética y post-soviética. Aleksiévich reune un conjunto de relatos realmente
impactantes cargados de nostalgia por un país que ya no existe y de frustraciones
por lo difícil que se tornará la vida en la nueva Rusia. En una de sus
entrevista la escritora dijo: “Yo he estado buscando un método literario que
permitiera la mayor aproximación posible a la vida real. La realidad siempre me
ha atraído como un imán, me ha torturado e hipnotizado, yo quiero capturar ésto
en papel”.
Fiel a su método, su estilo
literario es único y elegante. Svetlana contruye aquí un coro de voces (anónimas
en la mayoría de casos) retratando en el papel lo terrible de cada una de sus
historias. Y es que si algo une a estos relatos inconexos es el sufrimento, la
pena y la desdicha de quienes vivieron estos hechos: abandonos, torturas,
persecusiones políticas, xenofobia, violaciones, el Gulag y todo tipo de
arbitrariedades. Cuando se lee este libro se puede concluir fácilmente que el
hombre es malo por naturaleza.
Una siempre quiere conservar la vida y eso
vale todavía más en tiempos de guerra. Se aprende mucho en la guerra… Aprendes
que no hay peor bestia que un ser humano. Son los hombre y no las balas quienes
mata a otros hombres. (fragmento del relato De Hermanos
y Hermanas de verdugos y víctimas, pág. 113)
En un primer plano, El fin del
homo sovieticus, podría parecer representar específicamente al pueblo soviético,
pero con un aproximación más cuidadosa nos vemos ante una radiografía de la
naturaleza humana. Como el ser humano muestra su naturaleza destructiva a una
escala más pequeña y por lo tanto más vil. Si bien se responsabiliza a Stalin
por la muerte de millones, él no estuvo frente a frente tirando del gatillo o
sosteniendo el garrote que golpeaba; éste trabajo lo llevó acabo el vecino de
alguien, el profesor de alguien, el soviético de a pie.
El choque de generaciones es
otro tema tratado en varios de los relatos que componen el libro. Mientras la
generación pasada, la que creció con Stalin, siente nostalgia por el socialismo
y sueñan con el romanticismo de la guerra patria; la nueva generación, la de la
Perestroika, ya no le interesa Stalin, el Capital o los clásicos de la
litaratura rusa. Para la generación de la Perestroika ésto suena lejano y ajeno
a sus vidas en la nueva y moderna Moscú.
Como mi abuelo, que se tiró toda la vida
contando cómo habían zurrado a los alemanes en Stalingrado. Con la desaparición
del imperio papá perdió el interés y las ganas de vivir los hombres de su
generación se sienten decepcionados… Tienen la sensación de haber sufrido una
doble derrota. Por una parte, asistieron al hundimiento del ideario comunista
y, por la otra, han sido testigos del nacimiento de un Sistema que ni
comprenden ni aceptan. (fragmento del relato El encanto del vacío, pág. 455-456)
El fin del homo sovieticus es
una obra compleja y fascinante que bien podría estar a la altura de obras inmortales
y trascendentales como Archipiélago Gulag de Aleksandr Solzhenitsyn; una obra
cargada de nostalgia, amor, amargura y un sin fin de sentimientos encontrados.
También el libro plantea dilemas muy complejos para el corazón humano, tales
como: convivir con quien fue tu verdugo o rendirte a la venganza; olvidar el
pasado y seguir viviendo o mantener viva la memoria de los horrores.
Libros de este estilo podrían
ser un interesante ejercicio de reflexión para las nuevas generaciones de jóvenes
descontentos, que alrededor del mundo, siguen creyendo en la promesa del
comunismo.
“Al estar cerca de
las más bajas emociones, al exponerte a la violencia, muerte, instinto y deseo,
puedes rozar la auténtica naturaleza humana.”
“Soy de números, no de letras” es la sentencia usada por
un sin fin de personas afines a las matemáticas para justificar que las letras
y los números recorren senderos distintos sino opuestos. No nos tomaría mucho
tiempo aceptar que la literatura y las matemáticas son campos académicos
disjuntos: poesía, novela, metáforas y rimas por un lado; mientras, ecuaciones,
silogismos y teoremas por el otro. Incluso, podriamos argumentar que la grafía
es diferente. Sin embargo, lo anterior no puede estar más alejado de la
realidad. Existen muchos puntos comunes entre la literatura y las matemáticas, algunos
evidentes y otros que necesitan un análisis más profundo.
En primer lugar tenemos los así llamados guiños
matemáticos en la literatura. La novela contemporánea ha tomado del mundo de
las ciencias en general y de las matemáticas en particular un conjunto de
tópicos e ideas para enriquecer y adornar la ficción. Un ejemplo muy
ilustrativo de esto es la novela de 2003 El
código Da Vinci, del escritor norteamericano Dan Brown. En esta novela el autor toma prestada de las matemáticas la
sucesión de Fibonacci, los anagramas y el concepto de encriptación; usándolos
como pivotes para desarrollar la trama. Estas ideas al ser usadas como recurso
literarios envuelven la obra en un velo de sofisticación y misterio que no deja
indiferente a nadie.
… Mientras cargaba el
proyector con las diapositivas, explicó que el número Phi se derivaba de la
Secuencia de Fibonacci, una progresión famosa no sólo porque la suma de los
números precedentes equivalía al siguiente, sino porque los cocientes de los
números precedentes poseían la sorprendente propiedad de tender a 1,618, es
decir, al número Phi. (El Código Da Vinci. Fragmento)
El Código Da Vinci no es un caso aislado ni es
el primero en el que se usan estos recursos. Podemos rastrear guiños y hasta
ideas profundamente matemáticas en la obra del maestro del relato de ficción
Jorge Luis Borges (1899, Argentina—1986, Suiza). Borges fue el precursor del
relato fantástico en la literatura latinoamericana; y sin duda alguna, Borges
nutrió su obra de ideas, conceptos y hasta estructuras tomados de la ciencia de
Euclides. Una de las ideas recurrentes en la obra de Borges es el concepto del infinito.
Él dedicó muchos cuentos a desarrollar esta idea; con gran maestría Borges creó
metáforas fantásticas para explicar el infinito, un concepto tan abstracto y
difícil de asimilar incluso para matemáticos profesionales. En esta dirección
destacan tres verdaderas piezas de orfebrería con palabras, a saber, El libro de Arena, La Biblioteca de Babel y El Aleph; tres cuentos fuertemente
influenciados por las matemáticas. El infinito e ideas geométricas salpican
toda la obra. En el cuento El Libro de
Arena, Borges trata de acercar al profano la idea que en el intervalo de
números reales (0,1) hay tantos números como números sobre toda la recta de
número reales, una idea aterradora llegaría a decir.
…No puede ser, pero es. El
número de páginas de este libro es exactamente infinito. Ninguna es la primera;
ninguna, la última. No sé por qué están numeradas de ese modo arbitrario. Acaso
para dar a entender que los términos de una serie infinita admiten cualquier
número. (El Libro de Arena. Fragmento)
En segudo lugar, las ideas matemáticas
aplicadas en el contexto de la narración. Este escenario casi siempre está
compuesto por un personaje dotado de una inteligencia superior al promedio y
capaz de pensar fría y calculadoramente. Entre los recursos matemáticos
utilizados en este tipo de narración cuentan los razonamientos lógicos de todo
tipo (eliminación, contradicción, etc.), la combinatoria y el celebre teorema
de Bayes todas herramientas para tomar decisiones y hacer inferencias. La literatura
de detectives está plagada de este tipo de recursos, siendo Sir. Arthur Conan
Doyle (1859 – 1930) con su Sherlock Holmes el primer y principal exponente del
razonamiento lógico en la narración. Otro escritor, en este caso con formación
matemática, a la altura o superior a Doyle, es Lewis Carroll (1832 – 1898) con
sus bien conocidas narraciones de Alicia
en en País de las Maravillas y Alicia
Através del Espejo. Carroll hace un enorme despliegue de recursos lógicos
en estas narraciones: acertijos, paradojas, silogismos lógicos y
contradicciones. Además, el autor crea un mundo de ficción donde las leyes
físicas parecen invalidarse y dan paso a un conjunto nuevo de leyes físicas
igualmente coherentes. En el capítulo
VIII, El Croquet de la Reina, Carroll nos regala este precioso y lógicamente
elaborado pasaje.
La teoría del Verdugo era que resultaba imposible cortar la
cabeza si no había un cuerpo del que cortarla; decía que nunca había tenido que
hacer una cosa parecida en el pasado. La
teoría del Rey era que todo lo que tenía una cabeza podía ser decapitado, y que
se dejara de decir tonteías.
Otro ejemplo que merece la pena mencionar nos
llega de El Cuento de la Isla Desconocida
del premio nobel de literatura José Saramago (1922 – 2010). Saramago hace uso aquí del reduccionismo
lógico para enriquecer el diálogo.
Y tú para qué quieres un barco, si puede saberse, fue lo
que el rey preguntó, Para buscar la isla desconocida, respondió el hombre. Qué
isla desconocida, preguntó el rey, La isla desconocida, repitió el hombre,
Hombre, ya no hay islas desconocidas, Quién te ha dicho, rey, que ya no hay
islas desconocidas, Están todas en los mapas, En los mapas están sólo las islas
conocidas, Y qué isla desconocida es esa que tú buscas, Si te lo pudiese decir,
entonces no sería desconocida, A quién has oído hablar de ella, preguntó el
rey, ahora más serio, A nadie, En ese caso, por qué te empeñas en decir que
ella existe, Simplemente porque es imposible que no exista una isla
desconocida, Y has venido aquí para pedirme un barco, Sí, vine aquí para
pedirte un barco, Y tú quién eres para que yo te lo dé, Y tú quién eres para no
dármelo.
Por otro lado, si nos distanciamos de la
acepción que la palabra simetría tiene en la literatura y nos quedamos con el concepto matemático de
simetría, entonces podemos hablar de simetría matemática en la literatura.
Principalmente la poesía (la buena poesía) está llena de matices simétricos. La
belleza es díficil de explicar, pero todos aceptamos como bello algo simétrico.
Nuestro sentidos reconocen los patrones simétricos en el mundo que nos rodea y
nuestro cerebro lo troduce como belleza. Como resultado de aplicar simetría a
una estrofa se consiguen propiedades subyacentes como: rima, ritmo, cadencia y musicalidad
en los versos. No es casualidad que los poemas más hermosos de Rubén Darío sean
alejandrinos con dos hemistiquios de siete sílabas a cada lado; con esa
estructura Darío logra un alto grado de simetría en sus versos, por tanto,
belleza con palabras.
Cada hoja de cada árbol
canta un propio cantar
y hay un alma en cada
una de las gotas del mar. (Rubén Darío)
Así, la literatura y
las matemáticas convergen en más de una forma. El reconocimiento de esta
relación es importante, ya que podemos usar la literatura como dispositivo
didáctico para acercar el álgebra y la geometría a los estudiantes menos
entusiastas. Además, las nuevas generaciones de escritores pueden encontrar una
fuente nueva e inagotable de inspiración en el arte de los números. Finalmente,
quisiera recomendar la lectura de la novela El
Tío Petros y la conjetura de Goldbach de Apostolos Doxiadis, que considero
podrá ser mejor y más claro ejemplo de matemáticas y literatura que cualquiera
de mis palabras antes escritas.