Recuerdo
de una Noche
(La
bestia que pedía amor a gritos)
Después de terminar de
trabajar, decidí caminar un poco por la avenida central de ésta ciudad y quizás
lo que me anime un poco a escribir estas líneas sea lo acontecido en un pequeño
lapso de tiempo, fugaz, efímero y casi irrelevante para cualquier mortal
ordinario, como yo.
Darían las 6:30 pm o quizás más cerano a las 7:00 pm, cuando me detuve frente a una ventana de vidrio trasparente, mostraba una copia del cuadro persistencia de la memoria, de Salvador Dalí, lo reconocí casi de inmediato aunque no soy un experto en la materia, es más podría considerárseme un analfabeta en cuestiones de este tipo, sin embargo sé apreciar el arte (aunque sea una vil copia). Camiando a casa un viejo recuerdo volvió a florecer en mi mente, y advertí que ella aún habitaba mi vida y mi ser; quizás almacenada en un oscuro pozo de mi subconsciente, o en una hendidura cerebral donde se alojan los recuerdos que en ocasiones deseamos sepultar y hacer en nuestra cuenta una página olvidada.
Dando tumbos en mi cabeza y
con la imagen del cuadro en mis ojos, tomé la iniciativa de escribir esto (sea
lo que sea que escriba) porque determiné que la única forma de verdaderamente
olvidarlo es exteriorizándolo, no por la inútil idea de publicarlo o por
presumir de escritor (el cielo me guarde de pertenecer a ese grupo de ratas),
sino porque concebí la teoría que una vez almacenado en otro medio (físico en
este caso, no sé si la memoria humana sea un medio físico de almacenamiento)
podría engañar a mi cerebro haciéndole creer que estos recuerdos deben ser
borrados definitivamente, porque ya existe un respaldo, el cual es más fácil destruir.
Mi nombre es Augusto, harán ya
cinco años desde que la conocí, Iris es su nombre. Una verdadera belleza en
cuanto a mujer se trata, bien agraciada de cuerpo, con un rostro verdaderamente
angelical, unos ojos virginales que hipnotizan a cualquiera.
En una noche algo fría salí
como de costumbre a sentarme en los peldaños que están frente a la catedral, es
algo que disfruto mucho, en ocasiones he llegado a pensar que comparto algo con
esas grandes gárgolas que adornan las viejas catedrales góticas. Al igual que
yo, otros individuos comparten el mismo placer, parejas que desarrollan ahí sin
ninguna inhibición sus insinuaciones románticas.
Siempre he detestado al ser
humano, me ha parecido siempre un criatura inescrupulosa, sucia, vil y en
general inútil; pero este sentimiento se ve incrementado exponencialmente
cuando los humanos tienden a agruparse en sus extraños círculos, cargados de falsos
sentimientos y rídiculas formas de camaraderías que rayan en el retraso mental.
Justo cuando iba a retirarme,
escuché la voz que me interrogaba, no pude reaccionar de inmediato, la voz
firme e inquisidora me preguntó ¾¿tienes
frío? ¾ Un poco,
balbucé ¾¿quieres
compañía? ¾ esta
segunda pregunta hizo recorrer en todo mi cuerpo una extraña sensación, eso
depende de la compañía, respondí un poco más seguro que la primera vez; a lo
que ella simplemente agregó, mientras hacía de un peldaño su asiento, ¾mi compañía¾. Nunca he sido muy hábil con
las palabras, quizás porque siempre he estado relativamente solo en mi vida (ni
mucho menos hablando de mujeres), sin más que decir pregunté ¿cuál es tu
nombre? ¾Iris¾ respondió secamente, sin
siquiera devolver la pregunta, a lo cual yo agregué, Augusto es el mío; extraño
nombre para un hombre de tu tipo, no entendí el comentario y tampoco le pedí
que lo explicara. Duró alrededor de 30 minutos el encuentro, se levantó ¾ya tengo que irme¾ dijo, mientras acariciaba mi
rostro como quien acaricia a un desvalido niño; me incorporé preguntándole si
la volveria a ver, me dio la espalda y se alejó.
Caminé durante una hora más
antes de ir a mi casa, tratando de entender lo que había pasado. Todos los días
siguientes llegué usuariamente a la misma hora a la catedral con el ánimo de
verla ¿para qué? No lo sé, solo sé que algo en mi interior así lo exigía, pero
mis esfuerzos fueron infructíferos, ella no apareció.
El sábado de esa semana venía
un amigo de la capital, me telefoneó para pedirme que saliéramos a tomar algo y
conversar un poco, yo accedí sin reparos. G y yo visitamos un bar de la calle
Santa Ana, tomábamos la cuarta o quinta cerveza (supongo que solo las cuenta el
mesero), G exponía su idea de la muerte; ¾cuando
morimos en realidad no morimos, parte de lo que somos e hicimos en vida sigue
existiendo en la mente de quienes nos recuerdan, en los libros que escribimos o
en el teorema que demostramos, así la muerte es incompleta¾, según usted G, ¿cómo debería
ser una muerte completa? ¾Simplemente
desvanecerse, esfumarse, hacerse nada de pronto, desaparecer incluso de las
mentes de las personas y no hablo sólo del cuerpo, también incluyo todo lo
hecho por tu persona, es más, hasta desaparecer de las fotografías, cuadros, etc. Que no quede rastro de que una vez existimos, simplemente desvanecerse,
como cierto gato¾
agregó sonriente.
Eso sería bastante
interesante, ¾¡claro
que sí!¾ dijo
enérgicamente. Imaginé los retos que eso supone para la ciencia, habría que
aprender todo lo que cierto individuo haga durante esté vivo, porque una vez
muerto todo desaparecería.
En ese momento se levantó de
la mesa, creo que motivado por cierta mesera de buen porte, cuando advertí que
ella (Iris) estaba en una de esas mesas con otras personas, pero sólo observé a
un sujeto sentado a su diestra, no parecía muy inteligente, es más casi podía percibir
como destilaba estupidez en cada una de sus insulsas carcajadas de ebrio, cuando
ví algo que perturbó profundamente mi consciencia, la besó, la besó en los
labios, haciendo una demostración pública de que ella le pertenece, que era
suya y que se siente orgulloso de tenerla. Sentí que el asco que me producía
esa escena era ya incontenible, pero, ¿qué podía hacer? Yo, un desconocido en
su vida, quizás ya ni me recordaba, ¾ ¿qué le pasa A?, ¡oe A! ¾ dijo G, sacudiéndome para que
regresara, ¡nada! Sólo es la cerveza, respondí, voy al baño, ya regreso, entré
aún con el sentimiento de asco que me produjo la escena anterior, tomé un poco
de agua y lave mi rostro, esperando relajarme, cuando regresé a la mesa ella ya
no estaba ¿dónde están las personas de esa mesa?, le pregunté a G ¾ van saliendo¾ me respondió, ese con
ademanes de homosexual que está pagando es el ultimo de ellos, ¾¿por qué?¾ preguntó G, ¾no me diga que ahora está
metido en esas cosas, A¾ ¡no,
usted está loco! ¿y la chavala?, la que los acompañaba, ¿dónde
está?, ¿ya salió, también? ¾No,
ella está en el baño¾ entré
al baño (de esos baños con puertas dobles bien rotuladas “damas” y “caballeros”
justo en el lugar donde somos menos damas y caballeros, pensé rápidamente) ella
estaba en el lavabo, impulsado quizás por el alcohol, me abalancé sobre ella y
la abracé por la espalda, ella quieta observó mi rostro frente al espejo, ¾¡Augusto!, ¿Verdad?¾ dijo tranquilamente, si así
es, te he extrañado mucho, a modo de respuesta hizo una mueca que me pareció
una sonrisa confusa. Quiero verte, necesito hablar contigo, ¿dónde puedo
encontrarte? Pregunté con cierto tono de desesperación, tomó un lapicero de la
bolsa de mi camisa, anotó un número de teléfono, ¾aquí puedes llamarme¾ me lo entregó y dijo ¾ya tengo que irme¾ acariciando mi rostro como la
primera vez. G y yo también nos retiramos del bar, fui caminando hasta mi casa,
pensando únicamente en ella.
Esa noche no pude conciliar el
sueño, por momentos dormía y otros no se si estaba soñando o despierto, una
profunda desesperación se apoderaba de mi alma, mientras un terrible dolor de
cabeza destruía mi serenidad. A la mañana siguiente marqué aquel apócrifo
número, me llamó la atención que las cuatro últimas cifras fueran 1729, un
número muy interesante, sonó un voz firme pero a la vez cálida, ¾ ¿diga?¾ trémulamente dije, con Iris
por favor,¾sí,
ella es quien habla¾ mi
regocijo fue indescriptible, hola soy Augusto, ¿quiero verte?; dije rápidamente; ¾ ¡Augusto!, no puedo, no puedo
verte¾ ¿por
qué?, cuestioné con violencia, mientras me sentía despedazado, por qué no, ¾simplemente no puedo, voy con
mi familia a nuestra finca, regreso en una semana; hasta entonces será posible,
voy a colgar, que tengas buen día¾ terminó
la llamada.
Los días de la espera
oscilaron entre la desesperación la violencia, los libros que alimentaban mi
ansiedad y las rondas nocturnas de alcohol y mujerzuelas, en busca de favores
sexuales; una rutina que me era de lo más asquerosa una vez terminada. En una occasión
llegue a insultar a una de estas tipas, no con las acostumbradas malas palabras
del bajo mundo, sino haciéndole notar lo ruin, pérfida, inútil, vacía y mercantile
que es su miserable existencia; incluso dije que las mujeres no son ni
comparables con los animals es ese sentido (sexual), puesto que una hembra sólo
permite ese sucio intercambio de fluidos para la mera reproducción de la
especie, mientras la mujer, no, en el macho tal comparación no es válida puesto
que hombre o animal siempre está disponible para saciar los ruines deseos de
las hembras (mujeres); si no mal recuerdo hice que realizara actividades
sexuales que hasta una prostituta, de lo más bajo que puede engendrar la más
oscura de las calles, sienta asco.
Creo que realicé unas 15 llamadas
a su casa (o lo que yo suponía era su casa) pero nunca alguien contestó. Pasada
la semana una de mis llamadas logró tener éxito, ¿Iris? ¾sí¾ dijo aquella voz que ya me
era familiar; soy Augusto, necesito verte, debo verte, por favor ¾está bien¾ me dijo, ¾hoy a las 7:00 pm en la
catedral¾ dijo
pausadamente, ahí estaré agregué, mientras caía el teléfono al otro lado.
Llegué con una hora de
anticipación, no podía soportar más la angustia y la espera, centenares de
cosas pasaban por mi mente, ¿qué iba a decirle?, ¿cómo
explicarle lo que siento? (si es que se puede explicar), finalmente llegó, con
25 minutos y 48 segundos de retraso. ¾Hola¾ dijo viéndome a los ojos, sentémonos le dije tomándola del brazo, no sé
cómo explicarte pero desde aquella noche en estas gradas no puedo sacarte de mi
mente, te recuerdo todo el tiempo (en ese momento note que físicamente es muy
joven quizás más que yo, pero algo intangible muy en su interior revelaba un
nivel muy elevado de vida o experiencia, nunca lo supe con seguridad). ¾Si, yo también te recuerdo, al igual no he podido olvidarte¾ después de pronunciadas estas palabras sentí que un puente comunicaba
nuestras almas, que ella era para mí y yo era para ella (cruzó en ese momento
por mi mente aquel grotesco beso en el bar de Santa Ana), y él, dije con
violencia, ¾ ¿qué él? ¾ preguntó, el sujeto
que te besó la otra noche en el bar de Santa Ana, ¾ él es Henry, mi novio¾, quiero que estés
conmigo, ¡déjalo!, ¡abandónalo!, ¡ven
conmigo!… pronuncié estas
palabras con una desesperación desgarradora ¾¡no!¾ respondió, ¾mi lugar es con él¾ ¿por qué?, pregunté rápidamente,
¾porque las personas no están con quién deben estar, sino donde la vida ha
decidido que estén¾ se levantó, me miró,
limpió una lagrima de mi mejilla izquierda y dijo ¾adiós para siempre A.


