martes, 29 de diciembre de 2015

El Camino de dos Hombres Cansados


Mañana será 21 de febrero, cumpliré 97 años de edad y según decía mi abuelo, antes de los cien es una buena edad para comenzar el camino, pues nunca sabes cuánto tiempo te tomará recorrerlo. Desperté al día siguiente, era un hermoso sábado matagalpino, con una brisa nórdica debido al clima fresco y a las enormes montañas que nos rodean, el olor a café de palo y las señoras de siempre haciendo sus tortillas de maíz para el desayuno.

Tomé mi mochila y un libro, de Ernesto Sábato, mi acostumbrado termo de combustible (café de la mejor calidad) y tomé el rumbo hacia el camino. Mientras subía por el sendero me percaté que yo era el único ese día, el camino no sé si habrá sufrido cambios con el tiempo, puesto que todo el que lo recorre nunca regresa. Es un paisaje atrayente con grandes extensiones de selva virgen, escucho ciertas aves cantar y algunos pequeños roedores moverse por los suelos, llevo caminando ya unas horas y aún no he visto a otro ser humano (ni de ida y menos de vuelta). Recuerdo en este momento que todas las personas dicen que cuando estás por morir vez pasar toda tu vida en un segundo frente a tus ojos (con semejante comentario solo podía pensar en la teoría de la relatividad).

A lo lejos veo un pequeño bulto sobre una roca, mientras me aproximo toma forma, es un hombre, bastante envejecido, de estatura baja, con arrugas muy marcadas sobre su rostro, respira con lentitud, sin embargo me es familiar; lleva consigo una suéter de color negro y carga un libro (Antes del fin, se titula), ¿Prof. G?, pregunté con algo de asombro, ¿A?, ¿es usted?, sí agregué casi de inmediato, me sorprende encontrarlo por estos parajes, nunca creí que usted haría el camino. Tarde o temprano A, todos debemos recorrer este rumbo, ¿Cuándo comenzó?, pregunté con algo de curiosidad, llevo algo más de dos días respondió y cargo 105 años de vida, me impresiona, yo no me hubiese atrevido con más de 100 años, tenga le regalo un trago de café, supongo que aún le agrada, tomó el termo y sorbió un buen trago mientras descansábamos en aquella piedra, el único testigo.

Empezamos a avanzar, cuando de pronto me preguntó, A, llamando mi atención, ¿recuerda cuando fuimos jóvenes?, ¿Cuándo teníamos ideas radicales y revolucionarias para la sociedad?, si, como olvidar que un día tuvimos delirios de grandeza, recuerdo que queríamos ser los mejores, acumular todo el conocimiento que nos fuera posible, dominar todos los idiomas a nuestro alcance, leer la demostración del último teorema de Fermat y resolver no se qué problema filosófico del yo, buenos tiempos. Y, ¿qué logramos, que logró usted a los 97 años, y que logré yo a los 105 años? ¿Qué significó nuestra vida?, usted no cambia G, siempre tan agudo y con preguntas astutas, como en aquellos tiempos; sinceramente no sé que hice de mi vida, no le niego que me enamoré de muchas mujeres pero nunca formé una familia, tampoco escribí ningún libro, pero si sembré muchos árboles, tal vez eso tenga algún significado, árboles, esa es una buena herencia para los jóvenes de hoy en día.

Recuerda aquellas caminatas que hacíamos al cerro Apante, inolvidables ¿cierto?, como quisiera tener las fuerzas de antes para subir por aquella quebrada, como quisiera tener las energías para respirar el aire puro de la cima de esa montaña, era como tocar el cielo desde la tierra. Tiene toda la razón G, tocábamos las puertas del cielo, pero nunca las abrieron para nosotros.

Su vida no ha estado desprovista de grandes proezas, sino mal recuerdo leí un artículo donde resolvía un problema sobre números primos, escribió una novela muy popular y creó que de hijos algo hay, ¡¿para qué?! Repitió una vez más y con más violencia, ¡¿para qué?! Dígame A, ¿usted cree que valió la pena la vida?, ¿cuál es el fin último de nuestra existencia?, para qué vivir si sabemos que la vida termina, qué diferencia hay entre un ser humano ordinario y otro que ostenta un don natural, al final la muerte los reduce a la misma condición. Quizás tenga razón G, pero creo que al menos hay una diferencia, dígame A, ¿cuál es?, Nosotros moriremos cansados, morimos cansados porque en la vida recorrimos vías que nos agotaron, tenga otro trago de café.

¡G!, ¿usted cree que iremos al cielo o al infierno?, La verdad A, no sé con qué leyes no irán a juzgar por allá, pero seguro, ¡seguro!, que usted va para donde Luzbel, fruncí un poco el seño y sonreí, eso por qué, no he cometido ningún pecado capital, si A, eso es cierto, pero lo juzgarán por haber tenido como único amigo a este viejo, en todo caso usted también debería de ir al infierno, pues no, porque yo ya padecí un infierno en la tierra, parece razonable, al menos tendré la oportunidad de hacerle una pregunta a Satán, y ¿cuál es esa pregunta, A? quiero saber si le gustan las matemáticas, porque con el tiempo que tiene para vivir debería ponerse a estudiar, no lo cree así, que cosas dice usted A, quizás el ya tenga un álgebra infernal y un análisis apocalíptico, en ese caso me pongo a estudiar yo.

Sopla el viento fuerte, al parecer estamos cada vez más alto con respecto al punto de partida, la humedad del aire golpea nuestros envejecidos rostros, despeina el poco cabello que nos queda como recordatorio de épocas mejores, y nos obliga a cerrar nuestros endebles ojos que ya no ven más allá de un horizonte dibujado a pocos metros de nuestras pisadas.

¡G! inquirí, lea, ahí hay una inscripción, ¿Qué dice?, ¡A!, dice: Aquellos que entráis, abandonad toda esperanza", parece que hemos llegado A, si así parece G, me fue muy placentero hacer este camino con aquel que fue mi mejor amigo en la vida, ¿ ya sabe porque es que no se puede regresar A? no, no sé, por qué es, solo gire y tendrá la respuesta, cuando volteé a mis espaldas, el camino había desaparecido nada, absolutamente nada, más que oscuridad había tras de nosotros, solo nos quedaba avanzar unos poco metros a una enorme casa en la cumbre, una enorme casa donde salía una enorme columna de humo, humo negro, tan negro como el humo del caucho cuando es incinerado.

G y yo estrechamos nuestras manos al fin del camino, alcé la aldaba y toqué la enorme puerta de madera, uno, dos, tres toques, la puerta se abrió de par en par, nada podíamos ver, vacío y oscuridad, no supimos nunca a dónde íbamos, no supimos nunca cual fue el final del camino, no supimos nunca porque nos cansamos, no supimos nunca porque vivimos, de lo único que estábamos seguro es que el camino debíamos recorrerlo.




Fin

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