El Camino de dos Hombres Cansados
Mañana será 21 de febrero,
cumpliré 97 años de edad y según decía mi abuelo, antes de los cien es una
buena edad para comenzar el camino, pues nunca sabes cuánto tiempo te tomará
recorrerlo. Desperté al día siguiente, era un hermoso sábado matagalpino, con
una brisa nórdica debido al clima fresco y a las enormes montañas que nos
rodean, el olor a café de palo y las señoras de siempre haciendo sus tortillas
de maíz para el desayuno.
Tomé mi mochila y un libro, de
Ernesto Sábato, mi acostumbrado termo de combustible (café de la mejor calidad)
y tomé el rumbo hacia el camino. Mientras subía por el sendero me percaté que
yo era el único ese día, el camino no sé si habrá sufrido cambios con el
tiempo, puesto que todo el que lo recorre nunca regresa. Es un paisaje
atrayente con grandes extensiones de selva virgen, escucho ciertas aves cantar
y algunos pequeños roedores moverse por los suelos, llevo caminando ya unas
horas y aún no he visto a otro ser humano (ni de ida y menos de vuelta).
Recuerdo en este momento que todas las personas dicen que cuando estás por
morir vez pasar toda tu vida en un segundo frente a tus ojos (con semejante
comentario solo podía pensar en la teoría de la relatividad).
A lo lejos veo un pequeño bulto sobre
una roca, mientras me aproximo toma forma, es un hombre, bastante envejecido,
de estatura baja, con arrugas muy marcadas sobre su rostro, respira con
lentitud, sin embargo me es familiar; lleva consigo una suéter de color negro y
carga un libro (Antes del fin, se titula), ¿Prof. G?, pregunté con algo de
asombro, ¿A?, ¿es usted?, sí agregué casi de inmediato, me sorprende
encontrarlo por estos parajes, nunca creí que usted haría el camino. Tarde o
temprano A, todos debemos recorrer este rumbo, ¿Cuándo comenzó?, pregunté con
algo de curiosidad, llevo algo más de dos días respondió y cargo 105 años de
vida, me impresiona, yo no me hubiese atrevido con más de 100 años, tenga le regalo
un trago de café, supongo que aún le agrada, tomó el termo y sorbió un buen
trago mientras descansábamos en aquella piedra, el único testigo.
Empezamos a avanzar, cuando de
pronto me preguntó, A, llamando mi atención, ¿recuerda cuando fuimos jóvenes?,
¿Cuándo teníamos ideas radicales y revolucionarias para la sociedad?, si, como
olvidar que un día tuvimos delirios de grandeza, recuerdo que queríamos ser los
mejores, acumular todo el conocimiento que nos fuera posible, dominar todos los
idiomas a nuestro alcance, leer la demostración del último teorema de Fermat y
resolver no se qué problema filosófico del yo, buenos tiempos. Y, ¿qué
logramos, que logró usted a los 97 años, y que logré yo a los 105 años? ¿Qué
significó nuestra vida?, usted no cambia G, siempre tan agudo y con preguntas
astutas, como en aquellos tiempos; sinceramente no sé que hice de mi vida, no
le niego que me enamoré de muchas mujeres pero nunca formé una familia, tampoco
escribí ningún libro, pero si sembré muchos árboles, tal vez eso tenga algún
significado, árboles, esa es una buena herencia para los jóvenes de hoy en día.
Recuerda aquellas caminatas que
hacíamos al cerro Apante, inolvidables ¿cierto?, como quisiera tener las
fuerzas de antes para subir por aquella quebrada, como quisiera tener las
energías para respirar el aire puro de la cima de esa montaña, era como tocar
el cielo desde la tierra. Tiene toda la razón G, tocábamos las puertas del
cielo, pero nunca las abrieron para nosotros.
Su vida no ha estado desprovista
de grandes proezas, sino mal recuerdo leí un artículo donde resolvía un
problema sobre números primos, escribió una novela muy popular y creó que de
hijos algo hay, ¡¿para qué?! Repitió una vez más y con más violencia, ¡¿para
qué?! Dígame A, ¿usted cree que valió la pena la vida?, ¿cuál es el fin último
de nuestra existencia?, para qué vivir si sabemos que la vida termina, qué
diferencia hay entre un ser humano ordinario y otro que ostenta un don natural,
al final la muerte los reduce a la misma condición. Quizás tenga razón G, pero
creo que al menos hay una diferencia, dígame A, ¿cuál es?, Nosotros moriremos
cansados, morimos cansados porque en la vida recorrimos vías que nos agotaron,
tenga otro trago de café.
¡G!, ¿usted cree que iremos al
cielo o al infierno?, La verdad A, no sé con qué leyes no irán a juzgar por
allá, pero seguro, ¡seguro!, que usted va para donde Luzbel, fruncí un poco el
seño y sonreí, eso por qué, no he cometido ningún pecado capital, si A, eso es
cierto, pero lo juzgarán por haber tenido como único amigo a este viejo, en
todo caso usted también debería de ir al infierno, pues no, porque yo ya padecí
un infierno en la tierra, parece razonable, al menos tendré la oportunidad de
hacerle una pregunta a Satán, y ¿cuál es esa pregunta, A? quiero saber si le
gustan las matemáticas, porque con el tiempo que tiene para vivir debería
ponerse a estudiar, no lo cree así, que cosas dice usted A, quizás el ya tenga
un álgebra infernal y un análisis apocalíptico, en ese caso me pongo a estudiar
yo.
Sopla el viento fuerte, al
parecer estamos cada vez más alto con respecto al punto de partida, la humedad
del aire golpea nuestros envejecidos rostros, despeina el poco cabello que nos
queda como recordatorio de épocas mejores, y nos obliga a cerrar nuestros endebles
ojos que ya no ven más allá de un horizonte dibujado a pocos metros de nuestras
pisadas.
¡G! inquirí, lea, ahí hay una
inscripción, ¿Qué dice?, ¡A!, dice: “Aquellos que
entráis, abandonad toda esperanza", parece que hemos llegado A, si así parece G, me fue muy placentero
hacer este camino con aquel que fue mi mejor amigo en la vida, ¿ ya sabe porque
es que no se puede regresar A? no, no sé, por qué es, solo gire y tendrá la
respuesta, cuando volteé a mis espaldas, el camino había desaparecido nada,
absolutamente nada, más que oscuridad había tras de nosotros, solo nos quedaba
avanzar unos poco metros a una enorme casa en la cumbre, una enorme casa donde
salía una enorme columna de humo, humo negro, tan negro como el humo del caucho
cuando es incinerado.
G y yo estrechamos
nuestras manos al fin del camino, alcé la aldaba y toqué la enorme puerta de
madera, uno, dos, tres toques, la puerta se abrió de par en par, nada podíamos
ver, vacío y oscuridad, no supimos nunca a dónde íbamos, no supimos nunca cual
fue el final del camino, no supimos nunca porque nos cansamos, no supimos nunca
porque vivimos, de lo único que estábamos seguro es que el camino debíamos
recorrerlo.
Fin



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