El Reclamo
Desperté muy
temprano y totalmente decidido a hacer mi reclamo, ¡no aguanto más! Dije para
mí mismo, así que salí de mi casa y me dirigí al único lugar al que podía
llevar mi queja. Después de unos treinta minutos de camino a pie, estaba frente
a una edificio con un letrero que rezaba “Oficina de reclamos, quejas,
sugerencias y otros comentarios a la administración” (pensé en que deberían
acortar ese nombre, o al menos usar siglas, cansa leerlo).
Entré, en la
recepción una jovencita de unos 18 años me dio los buenos días, tome su número
y espere su turno me dijo con una voz dulce y una actitud casi de ensayo pre-elaborado,
seguí sus orientaciones, tomé un ticket de la máquina y era el número 23,
llevará algunas horas de espera pero hoy me van a escuchar, repetía para mis
adentros. Me senté en una banca de
madera, cojeaba de una pata (la silla), a medidas que alguien entraba sólo
pasábamos de una banca a otra (sólo una cojeaba), llegué al fin a la última
banca y estaba frente a la puerta color café donde se encontraba un agente que
debería atender mi caso.
No tomé en
cuenta en mis cálculos la ya acostumbrada burocracia y la falta de cortesía de
los miembros del sistema (en esos momentos recordaba un artículo que trataba
sobre los sistemas y algo decía sobre el sistema nervioso); entraba una persona
y el agente salía a tomar un café y tardaba 15 minutos en regresar, entraba la
siguiente y el salía al baño por otros 20 minutos (tiempo que se sumaba al
tiempo de espera reglamentario).
Me abordó una señora
que estaba a mi lado (era extremadamente gorda, podía sentir que me asfixiaba,
me robaba el aire y el espacio físico, era un enorme bulto), que número tiene
me preguntó, la pregunta me saco del entre sueño y de mi alegórica
representación que de ella estaba haciendo, el 23 le respondí, entonces yo le
sigo me dijo llevo el 25, pero parece el 24 se cansó de esperar y se marchó
(dije en mi interior, espero no lo haya aplastado). Yo ya he venido unas cuatro
veces sólo esta última he logrado un número tan bajo, usted cuanta veces a venido,
está es la primera respondí, mientras el
número 20 cruzaba la puerta a la oficina de reclamos. Cruzamos algunas palabras con la señora,
cuando al fin fue mi turno número 23 se escuchaba de detrás de aquella puerta
café.
Señor A, dijo el
agente con una voz grave y firme, ¿en qué puedo ayudarle?, vengo a presentar
una queja, dígame ¿cuál es su reclamo?, vengo a quejarme por la vida que me ha
tocado vivir, vida que desde está oficina fue decidida arbitrariamente, me
parece un atropello y un abuso de autoridad mandarme a vivir a un mundo donde
la sociedad ha perdido el respeto por las criaturas vivas animales y vegetales,
donde impera la corrupción y la falsedad por los intereses personales, donde es
necesario un catalogo de títulos para conseguir un puesto de trabajo decente y
no la habilidades intelectuales propias para el trabajo, donde la libre opinión
es siempre censurada, estoy cansado de este sistema, ¡estoy cansado de
pertenecer a él!. El agente acomodo su
corbata y aclaro un poco la voz y dijo, señor A, si su queja fuera por un error
en sus 46 cromosomas, o por haber hilvanado mal su alma a su cuerpo, su queja
sería considerada más sensata, no es que el sistema esté mal diseñado es
simplemente que así es, es como en el ajedrez el tablero es un cuadrado con 64
casillas y las piezas no discuten por eso, simplemente se mueven.
Además no todo
están malo, dígame ¿acaso la desesperación de algunas personas no lo hizo
disfrutar de los mejores libros, la tristeza y el desamor de otros escuchar las
mejores canciones, la falta de recurso y la crisis disfrutar del ingenio de
otros? ¿Acaso no son ciertas mis palabras?
Quizás tenga
razón en sus argumentos, Señor Agente, pero, ¿le parece sensato tomar el agua
contaminada con los residuos de alguna planta industrial, o respirar el aire
con humo de automóviles o conocer el espanto de la falta de educación en la
fila de un hospital? Además, qué autoridad es esa que le confiere a usted y a
toda esta oficina decidir sobre mí y mi vida, sobre si soy médico, profesor o
un desquiciado mental, -esas son preguntas que no se les está permitido hacer,
pues el sistema sólo decide y punto- dijo el Agente, ya muy serio.
¡Señor A!,
inquirió el agente con algo de dureza, ¿Sabe por qué está aquí? Si respondí con
mucha seguridad, por libre y espontanea voluntad y por el aumento de quejas que
he almacenado, pues lamento decirle que no están así, usted está aquí porque ya
murió, su vida ya llegó a su ocaso señor, -jajajajaja reí de forma insulsa,
ahora me va a decir que usted es san Pedro- no, respondió secamente, no soy san
Pedro y agente es suficiente para usted.
Volviendo a
nuestro asunto, quisiera recordarle una frase de uno de sus mejores
representantes humanos “El hombre nace bueno y es la sociedad quien lo corrompe”,
¿sabe de quién es?- Jean-Jacques Rousseau-
murmuré, ya he tomado mi decisión sobre su asunto.
La vida y el
mundo es una gran máquina recicladora, usted como hombre de ciencia sabe lo
eficiente que es la naturaleza reciclando, la vida también es excelente
reciclando a la humanidad, en ella hay muchos elementos que sirven como
procesadores del alma y de la conciencia, el mejor de ellos es la educación,
pero hay otros muy buenos, como las artes y las ciencias, además de los buenos
ejemplos; la humanidad necesita humanizarse alguien dijo antes que los valores
ya no valen, eso se vuelve evidente desde que un niño mata a pedradas a una
inocente rana en invierno o un sujeto que se inmola y arrastra consigo a otros
25 que nada de culpa tenían.
Mi decisión es
la siguiente: Usted aún no ha aprendido a vivir, por esa razón volverá a
intentarlo, volverá al mundo humano hasta que su alma y su mente entienda cual
es el significado de la vida, ¡no!, grité con mucha vehemencia, me opongo, me
rehúso, rechazo esa medida, no quiero pertenecer más… de súbito desperté en mi
cama todo había sido un sueño, aún seguía vivo, un gallo cantaba anunciando un
nuevo día de trabajo para mí.
Camino por una
de las calles de esta ciudad, observando a las personas, niños hambrientos
pidiendo dinero o comida, personas de buen porte y tirando la basura en la
calle, pero algo me aqueja tengo la sensación que alguien me observa, que
alguien teje los hijos de mi vida y me lleva por caminos inciertos.
Fin.
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