jueves, 17 de noviembre de 2016

Recuerdo de una Noche

Recuerdo de una Noche
(La bestia que pedía amor a gritos)

            Después de terminar de trabajar, decidí caminar un poco por la avenida central de ésta ciudad y quizás lo que me anime un poco a escribir estas líneas sea lo acontecido en un pequeño lapso de tiempo, fugaz, efímero y casi irrelevante para cualquier mortal ordinario, como yo.

           
Darían las 6:30 pm o quizás más cerano a las 7:00 pm, cuando me detuve frente a una ventana de vidrio trasparente, mostraba una copia del cuadro persistencia de la memoria, de Salvador Dalí, lo reconocí casi de inmediato aunque no soy un experto en la materia, es más podría considerárseme un analfabeta en cuestiones de este tipo, sin embargo sé apreciar el arte (aunque sea una vil copia).  Camiando a casa un viejo recuerdo volvió a florecer en mi mente, y advertí que ella aún habitaba mi vida y mi ser; quizás almacenada en un oscuro pozo de mi subconsciente, o en una hendidura cerebral donde se alojan los recuerdos que en ocasiones deseamos sepultar y hacer en nuestra cuenta una página olvidada.

Dando tumbos en mi cabeza y con la imagen del cuadro en mis ojos, tomé la iniciativa de escribir esto (sea lo que sea que escriba) porque determiné que la única forma de verdaderamente olvidarlo es exteriorizándolo, no por la inútil idea de publicarlo o por presumir de escritor (el cielo me guarde de pertenecer a ese grupo de ratas), sino porque concebí la teoría que una vez almacenado en otro medio (físico en este caso, no sé si la memoria humana sea un medio físico de almacenamiento) podría engañar a mi cerebro haciéndole creer que estos recuerdos deben ser borrados definitivamente, porque ya existe un respaldo, el cual es más fácil  destruir.

Mi nombre es Augusto, harán ya cinco años desde que la conocí, Iris es su nombre. Una verdadera belleza en cuanto a mujer se trata, bien agraciada de cuerpo, con un rostro verdaderamente angelical, unos ojos virginales que hipnotizan a cualquiera.  

En una noche algo fría salí como de costumbre a sentarme en los peldaños que están frente a la catedral, es algo que disfruto mucho, en ocasiones he llegado a pensar que comparto algo con esas grandes gárgolas que adornan las viejas catedrales góticas. Al igual que yo, otros individuos comparten el mismo placer, parejas que desarrollan ahí sin ninguna inhibición sus insinuaciones románticas.

Siempre he detestado al ser humano, me ha parecido siempre un criatura inescrupulosa, sucia, vil y en general inútil; pero este sentimiento se ve incrementado exponencialmente cuando los humanos tienden a agruparse en sus extraños círculos, cargados de falsos sentimientos y rídiculas formas de camaraderías que rayan en el retraso mental.  

Justo cuando iba a retirarme, escuché la voz que me interrogaba, no pude reaccionar de inmediato, la voz firme e inquisidora me preguntó ¾¿tienes frío? ¾ Un poco, balbucé ¾¿quieres compañía? ¾ esta segunda pregunta hizo recorrer en todo mi cuerpo una extraña sensación, eso depende de la compañía, respondí un poco más seguro que la primera vez; a lo que ella simplemente agregó, mientras hacía de un peldaño su asiento, ¾mi compañía¾. Nunca he sido muy hábil con las palabras, quizás porque siempre he estado relativamente solo en mi vida (ni mucho menos hablando de mujeres), sin más que decir pregunté ¿cuál es tu nombre? ¾Iris¾ respondió secamente, sin siquiera devolver la pregunta, a lo cual yo agregué, Augusto es el mío; extraño nombre para un hombre de tu tipo, no entendí el comentario y tampoco le pedí que lo explicara. Duró alrededor de 30 minutos el encuentro, se levantó ¾ya tengo que irme¾ dijo, mientras acariciaba mi rostro como quien acaricia a un desvalido niño; me incorporé preguntándole si la volveria a ver, me dio la espalda y se alejó.

Caminé durante una hora más antes de ir a mi casa, tratando de entender lo que había pasado. Todos los días siguientes llegué usuariamente a la misma hora a la catedral con el ánimo de verla ¿para qué? No lo sé, solo sé que algo en mi interior así lo exigía, pero mis esfuerzos fueron infructíferos, ella no apareció.

El sábado de esa semana venía un amigo de la capital, me telefoneó para pedirme que saliéramos a tomar algo y conversar un poco, yo accedí sin reparos. G y yo visitamos un bar de la calle Santa Ana, tomábamos la cuarta o quinta cerveza (supongo que solo las cuenta el mesero), G exponía su idea de la muerte; ¾cuando morimos en realidad no morimos, parte de lo que somos e hicimos en vida sigue existiendo en la mente de quienes nos recuerdan, en los libros que escribimos o en el teorema que demostramos, así la muerte es incompleta¾, según usted G, ¿cómo debería ser una muerte completa? ¾Simplemente desvanecerse, esfumarse, hacerse nada de pronto, desaparecer incluso de las mentes de las personas y no hablo sólo del cuerpo, también incluyo todo lo hecho por tu persona, es más, hasta desaparecer de las fotografías, cuadros, etc. Que no quede rastro de que una vez existimos, simplemente desvanecerse, como cierto gato¾ agregó sonriente.

Eso sería bastante interesante, ¾¡claro que sí!¾ dijo enérgicamente. Imaginé los retos que eso supone para la ciencia, habría que aprender todo lo que cierto individuo haga durante esté vivo, porque una vez muerto todo desaparecería.  

En ese momento se levantó de la mesa, creo que motivado por cierta mesera de buen porte, cuando advertí que ella (Iris) estaba en una de esas mesas con otras personas, pero sólo observé a un sujeto sentado a su diestra, no parecía muy inteligente, es más casi podía percibir como destilaba estupidez en cada una de sus insulsas carcajadas de ebrio, cuando ví algo que perturbó profundamente mi consciencia, la besó, la besó en los labios, haciendo una demostración pública de que ella le pertenece, que era suya y que se siente orgulloso de tenerla. Sentí que el asco que me producía esa escena era ya incontenible, pero, ¿qué podía hacer? Yo, un desconocido en su vida, quizás ya ni me recordaba, ¾  ¿qué le pasa A?, ¡oe A! ¾ dijo G, sacudiéndome para que regresara, ¡nada! Sólo es la cerveza, respondí, voy al baño, ya regreso, entré aún con el sentimiento de asco que me produjo la escena anterior, tomé un poco de agua y lave mi rostro, esperando relajarme, cuando regresé a la mesa ella ya no estaba ¿dónde están las personas de esa mesa?, le pregunté a G ¾ van saliendo¾ me respondió, ese con ademanes de homosexual que está pagando es el ultimo de ellos, ¾¿por qué?¾ preguntó G, ¾no me diga que ahora está metido en esas cosas, A¾ ¡no, usted está loco! ¿y la chavala?, la que los acompañaba, ¿dónde está?, ¿ya salió, también? ¾No, ella está en el baño¾ entré al baño (de esos baños con puertas dobles bien rotuladas “damas” y “caballeros” justo en el lugar donde somos menos damas y caballeros, pensé rápidamente) ella estaba en el lavabo, impulsado quizás por el alcohol, me abalancé sobre ella y la abracé por la espalda, ella quieta observó mi rostro frente al espejo, ¾¡Augusto!, ¿Verdad?¾ dijo tranquilamente, si así es, te he extrañado mucho, a modo de respuesta hizo una mueca que me pareció una sonrisa confusa. Quiero verte, necesito hablar contigo, ¿dónde puedo encontrarte? Pregunté con cierto tono de desesperación, tomó un lapicero de la bolsa de mi camisa, anotó un número de teléfono, ¾aquí puedes llamarme¾ me lo entregó y dijo ¾ya tengo que irme¾ acariciando mi rostro como la primera vez. G y yo también nos retiramos del bar, fui caminando hasta mi casa, pensando únicamente en ella.

Esa noche no pude conciliar el sueño, por momentos dormía y otros no se si estaba soñando o despierto, una profunda desesperación se apoderaba de mi alma, mientras un terrible dolor de cabeza destruía mi serenidad. A la mañana siguiente marqué aquel apócrifo número, me llamó la atención que las cuatro últimas cifras fueran 1729, un número muy interesante, sonó un voz firme pero a la vez cálida, ¾ ¿diga?¾ trémulamente dije, con Iris por favor,¾sí, ella es quien habla¾ mi regocijo fue indescriptible, hola soy Augusto, ¿quiero  verte?; dije rápidamente; ¾ ¡Augusto!, no puedo, no puedo verte¾ ¿por qué?, cuestioné con violencia, mientras me sentía despedazado, por qué no, ¾simplemente no puedo, voy con mi familia a nuestra finca, regreso en una semana; hasta entonces será posible, voy a colgar, que tengas buen día¾ terminó la llamada.

Los días de la espera oscilaron entre la desesperación la violencia, los libros que alimentaban mi ansiedad y las rondas nocturnas de alcohol y mujerzuelas, en busca de favores sexuales; una rutina que me era de lo más asquerosa una vez terminada. En una occasión llegue a insultar a una de estas tipas, no con las acostumbradas malas palabras del bajo mundo, sino haciéndole notar lo ruin, pérfida, inútil, vacía y mercantile que es su miserable existencia; incluso dije que las mujeres no son ni comparables con los animals es ese sentido (sexual), puesto que una hembra sólo permite ese sucio intercambio de fluidos para la mera reproducción de la especie, mientras la mujer, no, en el macho tal comparación no es válida puesto que hombre o animal siempre está disponible para saciar los ruines deseos de las hembras (mujeres); si no mal recuerdo hice que realizara actividades sexuales que hasta una prostituta, de lo más bajo que puede engendrar la más oscura de las calles, sienta asco.

Creo que realicé unas 15 llamadas a su casa (o lo que yo suponía era su casa) pero nunca alguien contestó. Pasada la semana una de mis llamadas logró tener éxito, ¿Iris? ¾¾ dijo aquella voz que ya me era familiar; soy Augusto, necesito verte, debo verte, por favor ¾está bien¾ me dijo, ¾hoy a las 7:00 pm en la catedral¾ dijo pausadamente, ahí estaré agregué, mientras caía el teléfono al otro lado.

Llegué con una hora de anticipación, no podía soportar más la angustia y la espera, centenares de cosas pasaban por mi mente, ¿qué iba a decirle?, ¿cómo explicarle lo que siento? (si es que se puede explicar), finalmente llegó, con 25 minutos y 48 segundos de retraso. ¾Hola¾ dijo viéndome a los ojos, sentémonos le dije tomándola del brazo, no sé cómo explicarte pero desde aquella noche en estas gradas no puedo sacarte de mi mente, te recuerdo todo el tiempo (en ese momento note que físicamente es muy joven quizás más que yo, pero algo intangible muy en su interior revelaba un nivel muy elevado de vida o experiencia, nunca lo supe con seguridad). ¾Si, yo también te recuerdo, al igual no he podido olvidarte¾ después de pronunciadas estas palabras sentí que un puente comunicaba nuestras almas, que ella era para mí y yo era para ella (cruzó en ese momento por mi mente aquel grotesco beso en el bar de Santa Ana), y él, dije con violencia, ¾ ¿qué él? ¾ preguntó, el sujeto que te besó la otra noche en el bar de Santa Ana, ¾ él es Henry, mi novio¾, quiero que estés conmigo, ¡déjalo!, ¡abandónalo!,   ¡ven   conmigo!…   pronuncié   estas   palabras con una desesperación desgarradora ¾¡no!¾ respondió, ¾mi lugar es con él¾ ¿por qué?,  pregunté rápidamente, ¾porque las personas no están con quién deben estar, sino donde la vida ha decidido que estén¾ se levantó, me miró, limpió una lagrima de mi mejilla izquierda y dijo ¾adiós para siempre A.    

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